El ojo

Soy gordo. No estoy un poco gordo, ni soy rellenito, ni me sobran tres kilos después de la Navidad, ni tampoco tengo una barriga cervecera incipiente por culpa de la edad. No. Yo soy gordo, muy gordo. El tipo de gordo que la mayoría de las personas miran de reojo cuando caminan por la calle mientras dan gracias de no ser como yo. El tipo de gordo que no va a las tiendas de ropa, porque ninguna talla de las que venden resulta suficiente. Siempre queda un trozo de carne escapando por cualquier resquicio de la tela. La barriga se escapa bajo las camisetas. La papada, entre el cuello de las camisas. Las mollas de la espalda rebasan los pantalones y el cinturón. Como si fuera a explotar. Y quizá un día lo haga. Explotar. ¡Pum! No estaría mal. Habría trozos de carne volando en un kilómetro a la redonda. Llegarían a todas partes. Cubrirían este edificio por completo si hiciera falta. Llegarían al zaguán y chocarían con el tablón de anuncios. Dejarían un rastro de mi sangre en el cristal al resbalar. Sería un pequeño recuerdo para todos los vecinos. Llegarían al segundo y romperían las ventanas de la vieja cursi. Mancharían sus cortinas. Destrozarían sus plantas. Llegarían al tercero y el perro sarnoso del quiosquero intentaría comer algún trozo. Sé que se atragantaría y la palmaría al instante. Y, sobre todo, llegarían al cuarto y arrasarían la casa del viejo borracho. Romperían todas las botellas que almacena en la cocina. Agujerearían la pantalla de su televisor.

Sí, soy gordo. Pero no soy estúpido. Sé distinguir lo que está bien de lo que está mal. Sé que está mal fantasear con explosiones en el edificio, gruñirle al perro del quiosquero cuando él no me ve y subir en el ascensor sin esperar a los vecinos que están a punto de entrar. Está mal, pero no es grave. Sólo son pequeños actos cotidianos que me ayudan a seguir aquí, en esta casa de locos. Sin embargo, robar un ojo de cristal… Robar un ojo de cristal está mal y, además, es grave. Y eso es, ni más ni menos, lo que hice yo esta tarde. Le robé a un viejo borracho su ojo de cristal. Peor aún: todavía no he sido capaz de devolvérselo.

Ahora está aquí, delante de mí. Sobre la mesa del salón. Lavadito y seco, bien colocado sobre un pequeño cojín. Y me mira, el ojo. Me mira y a mí a ratos me da por llorar y a ratos por reír. Pienso en aquel pobre hombre tirado en el zaguán, más ebrio que nunca, con el bastón a cinco metros de su cuerpo y sin fuerzas para levantarse e intentar cogerlo. Entonces me da por llorar. Me acuerdo del momento en que abrí la puerta, sin saber lo que iba a encontrar al otro lado, y lo vi allí tirado, sollozando. De la frase que repetía sin cesar y que yo no entendía: «mi ojo, mi ojo, mi ojo». Y me da por llorar. Me acuerdo de cuando me incliné sobre él, asustado, escudriñando su ojo bueno en busca de una herida, una piedrita o una pelusa que se hubiera incrustado en él. Y de la cara del viejo cuando me vio allí, intentando ayudarlo. De la única frase distinta que pronunció en todo ese tiempo: «tú, gordo estúpido, ¿qué coño estás mirando? Lo que tienes que buscar es mi ojo de cristal, que se me cayó y no sé dónde está». Entonces miro al ojo y el ojo me mira y a mí me da por reír.

Hace dos años, cuando llegué al edificio, parecía que la cosa iba a ir bien. Una media de edad en la vecindad de más de setenta años es casi siempre garantía de que no va a haber problemas. O eso creía yo. Esperaba dulces ancianitas a las que pudiera ayudar a llevar la compra o a cambiar los bombillos cuando se fundieran. Esperaba abuelos con mil batallitas que contar a todo el que quisiera hacer de nieto por un rato. Esperaba, claro, nietas veinteañeras de buen ver que vinieran de visita los fines de semana. Pero no encontré dulces ancianitas ni abuelos cariñosos ni nietas esplendorosas. No. Lo que encontré fue un ejército de viejos resentidos y desvergonzados dispuestos a amargarme la existencia.

Al principio sólo eran miradas. Miraban mi barriga, mis michelines, mis manos y mi culo. Hasta miraban lo que llevaba en las bolsas de la compra. Todo eso lo podía hacer en un gesto fugaz de vecinos que se cruzan en la puerta o en la lenta agonía de un ascensor del Renacimiento que tiene que subir hasta un sexto piso. Los hombres, al principio, disimulaban un poco más, quizá porque casi todos son algo más jóvenes. Las mujeres, no. Ellas fueron descaradas desde el día que me mudé. Algunas se limitaban a dejar escapar una sonrisa cuando atisbaban una tarrina de helado o una tableta de chocolate entre mis paquetes. Otras, soltaban una especie de maullido entrecortado mientras miraban mis muslos por el rabillo del ojo. Pero las peores, sin duda, eran las que ponían en duda que pudiéramos subir dos personas en el ascensor. Con ésas incluso llegué a discutir alguna que otra vez. Les decía: «pero señora, por Dios, ¿no ve que el límite son 300 kilos y que yo sólo peso 140? No hay ningún problema porque subamos los dos juntos.» Daba igual. Ellas preferían esperar en el zaguán antes que subir conmigo.

Después llegó la segunda fase. La fase ofensiva. Los vecinos empezaron a hablar de mí a mis espaldas. En cuanto se encontraban dos o tres en el portal, empezaba la fiesta, mientras yo escuchaba en silencio cómo subían sus voces por el hueco de la escalera. Algunos tomaban una postura acusadora. «No puede ser bueno para su salud estar tan gordo. Debería plantearse hacer algún régimen, o algo así.» Otros se inclinaban más hacia el lado conmiserativo. «Estoy segura de que tiene que ser algún tipo de enfermedad. Seguro que el pobre no podría adelgazar aunque quisiera.» Pero todos, unos y otros, me miraban como a un extraterrestre cuando se cruzaban conmigo. La vieja cursi me hacía la misma pregunta cada vez que nos veíamos: «y qué, ¿trabajas por aquí cerca?», mientras me sonreía y asentía a mi respuesta sin parar de mirarme el ombligo. El quiosquero le susurraba al perro al pasar a mi lado: «Rufo, por eso yo te controlo la comida, para que no llegues nunca a ponerte tan gordo como este chico.» Y el viejo borracho, dependiendo de su estado etílico, rezongaba letanías incomprensibles o soltaba una carcajada antes de cerrar tras él la puerta del ascensor y dejarme fuera.

Y hoy, tres días después de que una de las ancianas me ofreciera darme la receta del repollo hervido, fue cuando lo encontré tirado en el zaguán como un despojo. Cuando lo vi así, pensé enseguida en ayudarlo. Pero entonces me dijo aquello y todo cambió en un momento. No me molestó que me llamara gordo. A fin de cuentas, soy gordo. Es algo evidente. Pero no soy estúpido. Y eso fue lo que dijo, gordo estúpido. Así que cogí el ojo sin pensarlo mucho y subí en el ascensor.

Supongo que lo normal sería tener remordimientos. Yo lo intento, pero no los tengo, aunque sí estoy deseando devolverlo. Antes, sin embargo, cuando llamaron a la puerta, no quise abrir. Sabía que era alguno de los vecinos. El siguiente que entrara o saliera del edificio y se encontrara al viejo en la misma posición en que yo lo dejé. Quizá si hubieran vuelto a tocar el timbre, me habría decidido a levantarme y llevárselo a quien fuera. Pero no insistieron y yo me quedé aquí, en el sofá, mirando al ojo que me mira. Ya que voy a devolverlo, quiero hacerlo a mi manera.

He colocado al lado del ojo la caja de bombones que me regalaron en la oficina por mi cumpleaños. Fue hace dos semanas y todavía quedan dos bombones. Podría estar orgulloso de que hayan durado tanto, pero la realidad es que no siento nada especial. Y creo que ahora voy a coger un último bombón. No merecen que los desperdicie así. En el hueco que deje, al lado del otro, voy a colocar el ojo. Después dejaré la caja delante de la puerta del viejo, tocaré el timbre y me marcharé. A lo mejor así entienden que ser goloso, a veces, tiene premio.