El fotógrafo de recuerdos

El fotógrafo de recuerdos se dirigía hacia la plaza siguiendo las instrucciones del plano que le habían dado en el aeropuerto. En la Ciudad del Mar el día estaba despejado y el cielo lucía blanco y limpio. El fotógrafo miró hacia arriba y arrugó los ojos. «Hay demasiada luz», pensó. Dejó atrás la calle de las compras y subió la cuesta de las casas sin nombre. Al doblar la última esquina, el edificio decimonónico apareció ante él. Todo el equipo lo esperaba al pie del edificio. «Por fin llega», dijeron casi todos. La maquilladora reprimió un suspiro y se mantuvo en silencio, pero los movimientos de su esponja sobre las patas de gallo del modelo se hicieron más rápidos y enérgicos. No le gustaba maquillar a hombres que hubieran pasado de la cincuentena. El resultado siempre le parecía demasiado artificial.

El fotógrafo preguntó por el jardín. «¿Jardín?», le dijeron. «Sí, el famoso jardín del edificio decimonónico», insistió. «Ah, el jardín», le contestaron entonces, y le señalaron un parterre redondo lleno plantas deshojadas y moribundas. «No sabemos si fueron los perros o las lluvias», le dijeron, «pero lo cierto es que del jardín sólo quedan los restos». «Está bien», dijo él, «vamos a empezar». En ese momento, una nube solitaria cruzó la ciudad y tapó el sol de agosto.

La maquilladora liberó al modelo de sus brochas y trató de esconder bajo la chaqueta las etiquetas que aún colgaban de su traje diplomático. El fotógrafo lo sujetó por el codo y lo llevó hasta el centro de la plaza, justo al lado del parterre. «¿Qué haces?», dijo el representante. «No puedes sacar esa mierda de hierbajos en la foto. Lo vas a estropear todo». El fotógrafo le pidió silencio y disparó tres veces. Después recogió el equipo y se despidió de todos. Algunos le desearon suerte y otros un buen viaje de regreso. El representante sólo dijo que esperaba que recortara la foto. La nube liberó al sol y siguió su camino hacia el oeste.

Cuando el fotógrafo reveló las fotos, los anturios se veían radiantes y los geranios, esplendorosos. En el rostro del modelo no había ni rastro del maquillaje, pero las patas de gallo habían desaparecido.