Dominó

Incluido en la antología «Arena en los zapatos» de la Escuela de Escritores 2007.

Manolo cogió la ficha entre el dedo índice y el pulgar y la puso sobre la mesa con un golpe seco, volviéndola hacia arriba. Era el cinco doble. Sentado al otro extremo de la mesa, Isidro, su compañero, se cagó en sus muelas, pero guardó silencio mientras se secaba el sudor de la frente con el reverso de la mano. Miró hacia el centro de la mesa, rumiando su mala suerte. En un cabo de la hilera de fichas había un cinco. En el otro, Manolo acababa de colocar el cinco doble. Dos cincos. Y a él no le quedaba ninguno para poder jugar.

Pasados un par de minutos, Isidro empezó a tranquilizarse. Ramón, uno de los dos integrantes de la pareja rival, debía jugar antes que él, y la indecisión que insinuaba su tardanza sólo podía significar que tenía varias posibilidades para colocar una ficha. En caso contrario, hubiera debido jugar o pasar enseguida, las reglas del dominó no permitían dilaciones sin sentido. Isidro se desabrochó la chaqueta y se dispuso a esperar.

Alrededor de la mesa, tres hombres contemplaban la partida de pie; muy pocos para lo que solía ser habitual, pero el calor de aquella tarde de agosto era difícil de soportar en la plaza. Uno de ellos murmuró algo ininteligible y Manolo carraspeó con sequedad. No solía tener muchos miramientos a la hora de pedir silencio al público. Entonces Ramón golpeó con el dedo una de sus fichas, que cayó boca arriba sobre la mesa, y la empujó hasta colocarla tras el cinco doble. Era el cinco dos. Isidro suspiró y puso el dos uno a continuación. Después de diez años jugando con su compañero, seguía sin entender cómo era posible no haberlo visto nunca dudar, y mucho menos equivocarse. Cuando perdían alguna partida, algo poco frecuente, siempre se debía a un error suyo, nunca de Manolo.

Federico, el cuarto en la mesa, anunció que pasaba. Estaba serio y parecía un poco irritado. Isidro pensó que ya intuía la derrota. Llevaban varios años jugando todos los viernes, una pareja contra la otra, siempre en la misma mesa, la más cercana al kiosco donde tomaban el café antes de empezar la primera partida de la tarde. Cada uno, según su costumbre: Manolo, el de mayor edad, solo y largo; Isidro, siempre el más pulcro, con leche; Ramón, el más silencioso, con leche condensada y Federico, el más joven, cortado sin más. Al principio habían sido otros los que habían pasado por allí. Pero había que tener muy buen espíritu o mucha mala leche para aguantar una derrota tras otra, y jugando contra Manolo eso era lo normal. Ramón y Federico, sin que Isidro entendiese muy bien por qué, aguantaban. Sin acostumbrarse a perder, siempre malhumorados cuando llegaba el final de la tarde y constataban que habían vuelto a fallar, pero fieles a la cita semanal a pesar de todo.

Manolo no tardó en jugar de nuevo. Cogió una de las dos fichas que le quedaban y la colocó sobre la mesa. Era el uno cero. Entonces, mientras Ramón estudiaba sus fichas, Isidro sintió que la vista se le nublaba. Miró hacia la mesa, pero no conseguía ver los puntos de las fichas que ya estaban colocadas, ni tampoco los de las suyas. Empezaba a sentirse mareado. Pensó en levantarse y estirar las piernas para intentar refrescarse un poco, pero a sólo dos fichas del final de la partida sabía que no debía provocar interrupciones. Echó la cabeza hacia atrás y recibió en su frente el impacto del sol hirviente. Notó descender a lo largo de su columna vertebral una gota de sudor. «Hace demasiado calor para jugar», pensó.

Ramón ya había puesto una nueva ficha en la mesa, pero Isidro no se había dado cuenta. Intentaba ver sus fichas y seguía sin distinguir los puntos. En realidad, más que fichas creía tener delante dos manchas blancas difuminadas, redondas, vacías. Oyó un nuevo murmullo a su alrededor, del que sólo entendió la palabra pálido. Acto seguido, la voz enérgica de Manolo, que clamó: «¡Silencio!».

Él miró sus dos manchas blancas y cogió una de ellas, lentamente. Pasó el dedo gordo por la superficie y contó las hendiduras que descubría su piel. Era el cuatro cero. No sabía en qué extremo había puesto Ramón su ficha. Intentó recordar la situación anterior. Manolo había colocado el uno cero. En el otro extremo había un cinco. Estaba casi seguro de que Ramón tenía el último cinco de la partida, y era suficientemente buen jugador como para darse cuenta él también y no quedarse sin ponerlo, menos aún siendo una ficha tan alta. Cogió aire y se encomendó a su suerte. No podía soltar la ficha que tenía en la mano y cambiarla por la otra para contar los puntos porque se hubiera considerado como falta. Así pues, situó la ficha boca arriba en la mesa y la arrastró hacia el extremo en el que creía que estaba el cero. La angulosa hilera de fichas se había convertido en una oruga blanca y oronda a sus ojos. Dejó el cuatro cero tan cerca como pudo y se recostó en la silla. No oyó quejas. Había acertado.

Federico tenía todavía tres fichas frente a él. Antes de jugar le preguntó: «Isidro, ¿te encuentras bien? Si no, podemos dejar la partida aquí». Él se lo agradeció y le dijo que prefería seguir jugando. Manolo gruñó: «¡Al juego! Hay que estar al juego». Federico suspiró y puso el cuatro tres en la mesa. Entonces Manolo cogió su última ficha y la puso a continuación. Era el tres doble. «Se acabó», dijo.

Isidro se levantó despacio, sujetando la silla con la mano, y trató de acercarse al kiosco, que percibía como una gran mancha verde en la esquina de la plaza. Había dado tres pasos cuando notó un dolor punzante en el brazo izquierdo y cayó al suelo.

La semana siguiente, cuando Isidro llegó a la plaza, los otros tres esperaban con las fichas repartidas y la mirada solemne. Su silla estaba vacía. Manolo le preguntó si se encontraba bien. Él pidió un café descafeinado y, mientras se sentaba, contestó: «¡Al juego, Manolo, hay que estar al juego!».