De otro planeta

Accésit en los Premios del Tren 2004, modalidad “Camilo José Cela” de cuento.

Recuerdo que al principio nos parecían seres de otro planeta. Teníamos ocho, nueve o diez años y de vez en cuando llegaba alguno a nuestras clases, casi siempre al principio del curso, pero a veces incluso cuando éste había empezado varios meses atrás. A simple vista se hubiera podido pensar que no eran distintos a nosotros, que no había nada que pudiese llamarnos la atención. Nada como los ojos negros y rasgados de Sang Mi, la niña coreana de cuarto C, ni como la piel lechosa y los labios rojos y carnosos de Sergio, el niño ruso de sexto A. Sin embargo, aún compartiendo nuestro idioma, ellos hablaban raro, aún siendo del mismo país, se vestían distinto y, aún teniendo la misma edad que los demás, conocían juegos de los que nunca antes habíamos oído hablar. Nunca se nos ocurrió preguntarnos de qué ciudad o de qué pueblo venían. Eran peninsulares y esa palabra lo decía todo. De la Península, sin más. Otro mundo.

El primer día que pasaban en nuestra clase, al menos las primeras horas, todos llevaban la desconfianza pintada en su mirada, como un banderín de guerra, esperando quizá algún insulto o alguna broma de mal gusto a la que se tuvieran que enfrentar. Nuestras miradas entretanto, ante su presencia, se teñían de extrañeza y curiosidad en proporciones nunca equitativas y jamás ecuánimes. Teníamos miedo de que la llegada de alguien nuevo rompiera el equilibrio al que habíamos llegado después de cinco o seis años juntos, compartiendo cuatro ventanas y treinta y pocos pupitres día tras día, conociéndonos tanto las caras y los gestos que hubiéramos podido describirlos de memoria, con los ojos cerrados y sin titubear ni un sólo segundo. Sin embargo, la curiosidad que sentíamos por ellos siempre era mayor que nuestro miedo y durante el primer recreo que pasaban en la clase nos abalanzábamos sobre su mesa casi con desesperación, intentando ser los primeros en llegar, los primeros en preguntar, los primeros en escuchar cualquiera de las miles de historias fabulosas que nos contarían durante aquellos ínfimos treinta minutos. Queríamos saber cómo era su antiguo colegio - su colegio de antes, como decíamos entonces -, por qué habían venido a nuestra clase, por qué a nuestra isla, qué clase de ocupación extraordinaria tenían sus padres para que hubieran tenido que mudarse a Las Palmas. Y entonces, entre tanto bombardeo, los nuevos iban perdiendo el recelo y su mirada empezaba a brillar. Se daban cuenta en un instante, como una revelación, de que ser nuevo entre nosotros no suponía un castigo, sino un privilegio, y de que lo conservarían al menos durante unas cuantas semanas. Lo que entonces les faltaba por saber era que al mes de su llegada, pasado el tiempo de sorpresa y muerta por fin la curiosidad, lo único que les iba a quedar de ese primer día sería el nombrete, aquella palabra ineludible que ellos se empeñaban en llamar mote. Pasara el tiempo que pasara, todo el colegio sabría siempre que Juan el peninsular era aquél que al llegar nos había hablado de un colegio en el que hacía tanto frío que en invierno nevaba y Raquel la peninsular, la chica pelirroja que aseguraba que, además de un padre madrileño, tenía una madre californiana. Todo el colegio, incluso los aún nuevos, sabía también que si alguien se dirigía a alguno de ellos como el godo, tarde o temprano se acabarían citando en el parque para pegarse cuatro tortas al salir del colegio.

Reconozco que después del primer día yo me volvía un poco ajeno a todo aquello. Se me daban mal los deportes y en los recreos vivía cada día la lucha entre mis ganas de jugar al fútbol o al baloncesto y mi consciencia de los gritos que tendría que soportar a cada punto que perdiéramos por mi culpa o cada gol que no fuera capaz de parar. A los nuevos solían cederles los primeros días los dos puestos de capitán de equipo, era la mejor forma de probar su habilidad, aunque fuera la habilidad que tuvieran para elegir a los jugadores. Cabía la posibilidad de que la primera vez nadie les dijera nada sobre mí, pero, por lo general, la fama de mis nulas habilidades deportivas me precedía, así que acababa en uno cualquiera de los dos equipos casi por inercia. Nunca tuve ningún día de gloria, nuestra infancia no se parecía en nada a las películas americanas que veíamos los sábados en el Multicines Royal. No hubo goles en el último minuto ni canastas que dieran la vuelta al marcador. En realidad, debería decir que ni siquiera hubo canastas, al menos no por mi parte. Al empezar a jugar me cambiaban o me eliminaban enseguida, sólo dependía de las reglas del juego, y al día siguiente a los nuevos se les habían disipado del todo las pocas ganas que tuvieran de elegirme entre los integrantes de su equipo. Yo acababa pasando los recreos en otro lugar del patio y mi contacto con los peninsulares se iba reduciendo poco a poco con cada día que pasaba.

Hasta que llegó Carlos. Estábamos empezando quinto de EGB, como se llamaba lo que estudiábamos en el colegio por aquel entonces, en el año mil novecientos ochenta y seis. Se incorporó pasados los primeros quince días de clase, y la señorita Emi, rubia y delgada, casi metro ochenta, la profesora por la que suspirábamos todos los niños del colegio, hizo levantarse a mi compañero para sentarlo a mi lado. Siempre he pensado que aquel día ella se dio cuenta de que Carlos no era un niño como los demás. De que era más tímido, más retraído, de que lo tendría mucho más difícil que cualquier otro para integrarse en nuestra clase. He pensado mucho en ello y siempre llego a la conclusión de que al sentarlo a mi lado intentaba ofrecernos un amigo tanto a él como a mí, aunque su principal intención fuese aliviar un poco a Carlos del mal trago del primer día. No es que la suerte se le fuera a poner de cara por estar sentado a mi lado, ni que yo fuera a hacerle las cosas más sencillas con los demás. Pero por alguna razón ella creyó que habría una cierta empatía entre nosotros y que eso podría ayudarlo. Y, aunque no se equivocó del todo, no consiguió que ese primer día le resultase mucho más fácil a aquel muchacho tan tímido.

Nada más sonar la campana que anunciaba el recreo, la mitad de los treinta y dos niños restantes de la clase se levantaron y vinieron hasta su mesa para comenzar el interrogatorio de costumbre. Como la señorita Emi probablemente ya había imaginado, Carlos no se sintió orgulloso de tenerlos a sus pies, al contrario de lo que solía pasar con los nuevos. Él se limitó a contestar con monosílabos y evasivas, sí, no, no lo sé. Era tan tímido que cuando abrió la boca por primera vez se le cayó al suelo el lápiz con el que no había parado de jugar desde que había entrado en clase y se entretuvo más de cinco minutos en recogerlo, como si esperara que al volver a levantar la mirada, todos hubiéramos desaparecido. No lo habíamos hecho, pero todos nos dimos cuenta de que en esa ocasión no íbamos a sacar gran cosa de nuestra sesión de preguntas y respuestas, así que salimos al patio y los demás le ofrecieron ser «capi de uno», el mayor honor que se podía alcanzar, el primero que elegía jugadores y seguramente acabaría ganando el partido. Muchos hubieran pegado por disfrutar de ese privilegio, aunque fuera durante un único recreo. Pero no Carlos. Él dijo que no quería jugar y corrió a sentarse en un rincón del patio, sin darnos la espalda, dispuesto a ver el partido que jugaríamos los demás, pero dejando bien claro que no tenía ni la más mínima intención de participar. Después de eso no volvieron a insistir, ni a cederle la pelota, ni a preguntarle si había visto la nieve ni qué exóticos insultos dedicaban a los profesores en su colegio de antes.

Conmigo al principio tampoco hablaba mucho. Nuestras conversaciones empezaban cuando yo le dirigía la palabra con cualquier excusa banal y acababan en el momento en que él me respondía un poco desganado. Era educado y nunca me dejó con la palabra en la boca, pero también era poco amigable o quizá sólo fuera víctima de una insoportable timidez. Le costó un par de meses empezar a coger confianza conmigo. Creo que cuando empecé a pasar los recreos también con él, viendo jugar a los otros, contento por poder pasarlos en compañía y sin torturas mentales, decidió que podía contar conmigo para algunas cosas. Por ejemplo, para sacarme información.

La primera pregunta que me hizo fue que dónde estaba la estación. No especificó, dijo sin más: ¿dónde está aquí la estación? - ¿Aquí quieres decir en Las Palmas? - Claro, aquí, en la ciudad. Le dije que estaba enfrente del Parque San Telmo. Yo no conocía otra.

Al día siguiente volvió a dirigirme la palabra por su propia iniciativa. - Ayer fui a ver la estación. Pero allí, donde tú me has dicho, no está. - Sí, claro que está allí. Yo voy cada dos por tres. - No, allí lo que hay son autobuses. - Sí, claro, la estación de guaguas, que aquí les decimos guaguas, no vayas por ahí diciendo autobús que te van a decir algo un día. - Me da igual, lo que te digo es que yo quiero ver la estación del tren. - ¿De qué tren? - ¿Cómo que de qué tren? Del que sea, de los que pasen. - Pero si aquí no hay trenes. ¿Nadie te lo ha dicho todavía? - Anda ya, no te quedes conmigo, cómo no va a haber trenes, si hay hasta en mi pueblo. - En las Islas Canarias, no. Aquí no hay ni trenes ni ríos. Lo que más preocupaba siempre a los niños de la Península era la falta de ríos que había en las islas. La mayoría no lo concebía hasta pasados unos cuantos meses, cuando ir a la playa se convertía en un ritual más o menos habitual en sus familias y dejaban de echarlo de menos. Nosotros, por nuestra parte, los mirábamos con cara de locos cuando nos contaban que en verano era al río a donde iban a bañarse. Pero nunca, ninguno de ellos, se había preocupado porque no hubiera trenes. Ninguno excepto Carlos.

Aquella noche no dormí. Intenté todos los trucos que mi padre me había enseñado para combatir el insomnio, pero por una vez ninguno funcionó. Ni pensar en cosas buenas que fueran a pasarme pronto, como que vinieran los Reyes Magos, que era mi preferida, ni imaginar sitios en los que nunca hubiera estado y a los que algún día me gustaría ir, ni contar en números romanos hasta que no supiera cómo seguir. Di vueltas y vueltas en la cama y sólo podía pensar en la mirada de Carlos cuando la señorita Emi le confirmó que en Canarias, dada la especial geografía de las islas y la falta de necesidad para un sitio tan pequeño, no había trenes ni los iba a haber nunca.

Al día siguiente, nada más llegar, empecé a acribillarlo a preguntas. Quería saberlo todo, cómo eran los trenes, de qué color, quién viajaba en ellos, quién los conducía, cuánta gente subía y bajaba en cada estación. En mi mundo, los trenes eran negros con alguna línea roja o dorada que los atravesaba de un extremo a otro, con asientos desgastados de cuero marrón dentro de unos compartimentos en los que cabían poco más de cuatro personas, que viajaban durante horas detestándose cordialmente como buenos desconocidos obligados a compartir algo más que dos minutos de ascensor. La locomotora, lo que más me fascinaba de todo, era siempre negra como el carbón con que se alimentaba la máquina, con la chimenea expulsando sin descanso un humo denso y oscuro. Le expliqué todo aquello a Carlos, y cuando me dijo que estaba loco, yo me limité a afirmar que era él quien no tenía ni idea de lo que hablaba y a citar a Sherlock Holmes, a Poirot y las maravillas del Orient Express y, por supuesto, las películas del Oeste y las de los hermanos Marx. Como todo buen ratón de biblioteca de diez años, creía en los trenes como lugares fascinantes en los que se cometían crímenes por justicia, en los que se jugaban la vida los buenos de todas las guerras para poder escapar de un país en llamas o en los que el galán de turno podía conocer a la dama que se convertiría en el gran amor de su vida y convencerla para bajar del tren con él antes de lo previsto, antes de llegar a la estación en la que un novio ansioso y despechado esperaría en vano durante horas.

No quise escuchar a Carlos cuando me habló de su pueblo, tan pequeño que sólo llegaba gente algunos fines de semana, siempre a visitar a unos padres que envejecían cada vez más solos. Tampoco le hice caso cuando me dijo que los trenes en su pueblo eran blancos y naranjas y que no se alimentaban con carbón. Ni siquiera quise creer que los vagones llevaran a veinte o treinta personas y que no tuvieran paredes ni compartimentos ni cuartitos secretos. Hay trenes, me dijo, que tienen hasta un baño igualito que el de los aviones. Y yo, que no sabía como era el baño de un avión porque nunca había volado en uno, tuve que callarme para no parecer más ignorante de la cuenta, porque los niños canarios no teníamos trenes, y tampoco teníamos ríos, pero en cuanto a barcos y aviones se refería, no había niño en el mundo capaz de superar nuestra sabiduría.

El último día del curso me puse triste pensando que no iba a ver a Carlos durante los tres meses del verano, pero me hubiera dejado cortar una mano antes de reconocerlo delante de él. En lugar de decirle que iba a echar de menos nuestras conversaciones, que en los últimos meses por fin habían comenzado a ganar fluidez y consistencia, lo obligué a prometerme que cuando volviera de las vacaciones me iba a traer muchas fotos de los trenes que pasaban por su pueblo y también de la estación y de los revisores. Sobre todo, le dije, quiero una foto en la que salgas tú con el jefe de estación, a ver si es verdad que llevan un sombrero como los de las películas. Según Carlos, ellos eran lo único en lo que había acertado de toda la imagen que le había descrito con mi ingenuo ardor. Al terminar la clase me extendió la mano, serio como siempre, mientras me miraba fijamente. Yo le estreché la mano, le sonreí lo mejor que pude y le deseé que pasara unas vacaciones muy buenas. Después me fui a casa andando y conseguí por primera vez el grandioso récord de aguantar hasta la puerta dando patadas a la misma piedra.

Ese verano lo pasé leyendo enciclopedias, primero en mi casa y después en la biblioteca, buscando toda la información que pudiera encontrar sobre los trenes que recorrían la Península Ibérica. Devoraba cada día por la mañana el periódico que compraba mi abuela, y por la tarde también devoraba los dos que compraba mi padre, el local y el nacional. Sólo me interesaban las noticias sobre los trenes, pero, como era de esperar, los trenes no solían ser noticia. Cuando terminaba de leer cualquiera de los periódicos en balde me decía a mí mismo que era mejor así, que no había accidentes que lamentar ni situaciones extrañas ni suspensiones de servicio inesperadas en ningún tren de España. No sabía el nombre del pueblo de Carlos porque, a pesar de que un día se lo había preguntado, no había llegado a entenderlo cuando me contestó. Fue en uno de los primeros días y el aún hablaba tan bajito que casi no podía oírlo, pero no quise repetir la pregunta durante los días siguientes para que no pensara que le preguntaba de nuevo porque no lo escuchaba cuando me hablaba o por falta de interés. Por eso, por mi ignorancia, me había hecho a la idea de que todos los trenes de la Península pasaban por su pueblo y a la hora del telediario esperaba alguna noticia sobre cualquier ferrocarril, para buscar el rostro de Carlos entre los pasajeros o entre los familiares que se despedían en el andén.

Las vacaciones llegaron y se fueron con pocas novedades. De mis padres conseguí algo más de información y la promesa de que algún día viajaríamos a la Península y cogeríamos un tren. De Madrid a Toledo, decía mi padre, como cuando yo tenía veinte años y me fui un verano a conocer a tus primos, los que viven allí. Pero no era más que una promesa y en esos días yo necesitaba mucho más ver una imagen que escuchar aquellas palabras, por bonitas que pudieran ser y por maravillas que pudieran evocar. Así que esperé como pude mientras la ansiedad casi me consumía, y me dirigí al colegio el primer día de sexto de EGB con el corazón acelerado, pensando en las fotografías que traería Carlos de sus vacaciones en su pueblo con tren. Pero Carlos no estaba en clase cuando yo llegué y no me atreví a preguntarle al nuevo profesor por él. En sexto había muchas cosas que cambiaban, porque cambiábamos de ciclo, decían, y entre otras nos cambiaron a la señorita Emi y su resplandeciente elegancia por don Gustavo, un profesor sapientísimo pero con fama de ser tan severo que nunca se le había visto esbozar ni una mísera sonrisa.

Al cabo de una semana sin tener noticias de Carlos, empecé a pensar que no iba a volver nunca y que había perdido mi gran oportunidad para conocer un tren de verdad, aunque fuera en fotografía. Entonces llegó la octava mañana y, cuando estaba a punto de desesperar, me encontré a la señorita Emi al doblar una esquina, en uno de los numerosos paseos al baño que me daba siempre los primeros días de clase, no por tener ganas de nada, sino porque no podía aguantar sentado durante cinco horas seguidas. Le pregunté enseguida por Carlos y me dijo que ya no iba a volver. A su madre la habían destinado a un colegio de Las Palmas sólo por un año, me dijo, ¿lo entiendes? Yo no, claro, al principio no lo entendía. Pero entonces me explicó que la madre de Carlos, Rosalía, era maestra, igual que ella, y que había querido venir un año para dar clase en un colegio mayor que el suyo y luego volver a su pueblo para seguir viendo crecer a sus alumnos de toda la vida. No debería darte su dirección, añadió, pero como sé que eres su amigo puedo apuntártela en un papel para que le escribas.

Yo no hubiera osado siquiera pedirle algo así, a pesar de que lo estaba deseando, pero el ofrecimiento me llegaba como caído del cielo y me faltó tiempo para prometerle que le iba a escribir, todas las semanas, le dije, no, mejor todos los días. La señorita Emi se rió y me dijo que con que le escribiera alguna vez que otra bastaría. Creo que era la primera vez que oía su risa, y también fue la última. Ya no era mi profesora y casi no tuve oportunidad de volver a hablar con ella. La dirección me la apuntó en un papel amarillo claro y me la dio en mano cuando salí de clase ese mismo día. Yo la leí veinte, treinta, cuarenta veces durante el camino a casa, deletreando cada letra como si acabara de aprender a leer y esa noche le escribí a Carlos la carta más larga que he escrito en mi vida. Tenía que contarle todos los sitios en los que había buscado su tren durante el verano, todas las cosas nuevas sobre los trenes que había aprendido y, en el fondo, lo único que no me atreví a decirle, que lo echaba de menos y que me sentía solo por haber perdido un amigo.

La única contestación que recibí llegó dos meses más tarde. Venía en un sobre grande, casi tamaño folio, de color marrón como el corcho y con mi dirección escrita toda en mayúsculas, como si se hubiera querido asegurar bien de que el paquete me llegaría. Dentro del sobre no había ninguna carta, pero sí un papel naranja lleno de letras y números que al principio me costó leer. Luego me di cuenta de que era un horario de tren, Madrid-Soria, Soria-Madrid, ponía. El pueblo de Carlos estaba marcado en rojo con un rotulador como los Carioca que solíamos compartir en clase. También había dos fotografías, en blanco y negro, en las que por fin pude ver mi tren, aunque tuviera que imaginarme los colores. En una de ellas, Carlos miraba a la cámara desde la ventanilla de un vagón, con la misma expresión ceñuda que yo le recordaba. Él estaba dentro, seguramente haciendo equilibrios de pie sobre un asiento, y la foto la debía de haber sacado su madre desde el andén. En la otra se podía ver al revisor, preparado para anunciar la salida del tren, dando el brazo a una mujer casi tan elegante como la señorita Emi, con un vestido largo abotonado por delante y una sonrisa llena de cariño que no podía estar dedicando a nadie más que a su hijo.

Además de las fotos y el horario, dentro del sobre sólo había otra cosa. Un billete de tren sin usar, el mismo que hoy, cuando han pasado más de quince años, llevo aún conmigo. De Carlos nunca volví a saber nada y, después de la quinta carta sin respuesta, yo tampoco le volví a escribir. Pero sé que el billete, en su extraño lenguaje, no era otra cosa que una invitación para volverlo a ver. Por eso hoy estoy sentado en este avión en el que la azafata acaba de anunciar que estamos descendiendo hacia Barajas. Para después comprar un billete nuevo con el que ir a su pueblo y poder decir al fin que he viajado en tren.