Colmillos

Míralo, ya está otra vez, intentando afilarse los colmillos en la pared de piedra. Como lo vea su padre se va a montar una buena otra vez. Ya tuvimos bastante el otro día, cuando lo encontró la señora restregándose los dientes en el murito de la cocina y le pegó cuatro gritos que oímos en toda la casa. Hasta su padre, que a veces pienso que se está quedando sordo, vino desde la azotea a enterarse de por qué había tanto alboroto. Y se lo encontró en un rincón, al lado de la nevera, con las orejas gachas y la mirada mustia, acongojado por los gritos. A una se le partía el corazón de verlo tan apagadito, pero se lo tiene bien merecido, por majadero, por testarudo y por fantasioso. Aunque yo sé que la culpa la tiene el chico, que le ha metido ideas raras en la cabeza y lo sienta con él a ver al dichoso perro policía en la televisión. Desde que empezó a ver el rollo ése todos los domingos, a mi pobre Ulises le ha dado por decir que quiere ser policía. ¡Él! ¡Un perro labrador! Y lo peor es que se lo está tomando en serio. Se lo cree de verdad, no hay más que verlo, todo el día intentando afilarse los colmillos para parecer más macarra. Cómo si eso fuera a ayudarlo en algo. Y yo intento que la cosa no empeore, le explico una y otra vez que no está hecho para eso, que nunca va a conseguir pasar las pruebas, que no sería capaz de correr tan rápido ni de tener tanta resistencia. Y además, ni siquiera tiene buen olfato. Pero él no quiere creerme, de tan obsesionado que está. No entiende que a mí me da miedo que le pase algo, que si se hace policía no voy a volver a verlo y no sé si podría soportarlo. Perder otro hijo más. El único que me queda. Y eso que cuando nació era tan apocadito que casi se me muere de inanición. Que si no me llego a dar cuenta a tiempo, sus hermanos no lo hubieran dejado mamar ni una gota de leche. Y precisamente por eso, por su buen carácter, la señora decidió dejarlo en casa y enseñarlo a ser un buen sucesor para nosotros. Había dado tan buen resultado hasta ahora, aprendía todo tan rápido… Y, de repente, esto. La manía de afilarse los colmillos con cualquier cosa dura que encuentra. Las poses que ensaya delante del espejo del dormitorio, y eso que le tengo dicho que allí no puede entrar. Si no fuera por la rabia que me da verlo haciendo el ridículo así, hasta me reiría. Me reiría, sí, de verlo intentando estirar las orejas, alargar el cuello, empinar el rabo. Y el pobre se queda a medio camino en todo. Es hasta cómico verlo ensayar sus poses de gallito. En el fondo podría tomármelo así, como una gracia de adolescente. No tendría que temer nada, estando tan segura como estoy de que no va a conseguir nunca ser policía. Pero, claro, no es agradable darse cuenta de que lo pasa mal, de que tiene esa idea metida en la cabeza y sufre, porque se da cuenta de que quiere llegar a ser algo para lo que no está hecho. Y su padre, que disimula, como si no se hubiera dado cuenta de nada, pero yo sé que sabe todo y calla, que sabe y aguarda como buen labrador, esperando la calma, esperando el momento en que Ulises venga y le diga: “Papá, quiero volver al trabajo.” Y entonces él tomará de nuevo las riendas y volverá a explicarle todo lo que hace falta saber para ser un buen lazarillo, y lo hará una y otra vez, hasta que llegue el día en que termine su labor y pueda sentirse más orgulloso que nunca de su hijo.

A veces pienso que debería irme de esta casa. Si sigo aquí no voy a conseguir llegar a ser un buen poli en la vida. Mamá se pasa el día vigilándome, qué pesada, no me quita el hocico de encima ni un momento. Que voy a la cocina, ella viene detrás, que me quedo en el salón, allí está ella, que veo la televisión con el chico, ella que también la ve. Y eso que no le gusta. Menos mal, porque si le llega a gustar hasta se empeñaría en comentar la serie y todo. Y ella no la entiende, igual que no me entiende a mí. Se cree que me puede gustar estar todo el día en la calle, parado en una esquina como un panoli. Y no es que Papá sea un panoli, yo no digo eso, pero él es de otra época y está hecho de otra pasta, tiene más aguante. Yo, a la media hora de estar sentado en la acera, ya necesito irme, darme una carrerita, desentumecer los músculos. Tanta quietud me desespera. A él no, él es capaz de estar horas y horas con ese pobre hombre, Federico, mientras vienen éste o aquel a comprarle algún cupón. Y eso que a mí Federico me gusta, porque siempre me busca para acariciarme y le pide a la mujer que me dé galletas aunque a ella no le haga mucha gracia. Que voy a engordar, dice. Que me está cebando. Menuda tontería. Si con las carreras que me doy desde que empecé a entrenar no he subido ni un gramo. Y yo sé que Federico espera que siga con él cuando Papá y Mamá se mueran. Mamá va a sustituir a Papá como cuidadora, eso está claro. Pero que yo vaya a sustituirla a ella, eso ya no lo veo tan evidente. ¿Y si antes decido irme, qué van a hacer? Si me marcho de noche, no van a poder detenerme. Aunque estoy casi convencido de que Mamá últimamente duerme con un ojo abierto para poder seguir vigilándome hasta en sueños. Y eso que yo sería incapaz de marcharme así, ¿eh?, a la escondida, como si fuera un ladrón o un criminal de los que atrapa siempre Rayo, el de la tele. Al chico le gusta y no para de decirme que yo también podría ser policía, que lo haría muy bien. Yo, la verdad, no estoy tan seguro. Me gustaría, claro, cómo no me iba a gustar. Pero mis dientes son demasiado redondos, y por más que intento limarlos no parece que quieran cambiar mucho de forma. Encima mis orejas no son nada aerodinámicas, yo intento colocarlas hacia atrás, pero no hay manera, siempre vuelven al mismo sitio. Y también tengo que reconocer que, aunque no engorde, no soy lo que se dice una sílfide. Este culo gordo de labrador no ayuda nada. Claro que podría ser peor. Podría ser un caniche. Ja, ése sí que fue un buen chiste. Yo, un caniche. Entonces sí que sería imposible llegar a ser poli. Pero siendo un labrador, yo creo que podría haber esperanzas. Y eso que, en el fondo, aunque a veces piense que podría marcharme, sé que no sería capaz. A Papá y Mamá les partiría el corazón. Ya sufrieron bastante cuando se llevaron a los otros. Ellos se creen que no me acuerdo porque todavía era cachorro cuando se fueron, pero yo lo recuerdo perfectamente. Mamá lloró a escondidas sin parar durante tres días y tres noches, y Papá estuvo a punto de no ir a trabajar durante más de una semana. Pero fue, porque es responsable y porque sabía que Federico no tenía culpa de nada. De todo eso me acuerdo bien. Por eso, aunque siga royendo las paredes y afilándome las uñas en el escalón de la azotea, sé que no voy a llegar a ser policía. Podré ponerme en forma, que puedo, y seguro que hasta pasaría las pruebas si me lo propusiera en serio. Pero no lo voy hacer. Aunque sólo sea porque prefiero aburrirme en la esquina con Federico que ver llorar a Mamá una sola vez más. Por eso me quedo.