Locos

Publicado el 15/5/2007

Una de las cosas que no soporto de los adolescentes es su empeño en reírse de los locos. Cada vez que un grupito de esas hormonas andantes se cruza con un loco, las risas se pueden oír en toda la calle, acompañadas por caras y gestos de lo más estrepitoso, como si ver a alguien hablando solo fuera el colmo de la diversión. En Las Palmas estos encuentros se dan a menudo, porque tenemos mucho de las dos cosas. Muchos adolescentes, supongo que como en todas partes, aunque aquí son del género ruidoso. Y muchos locos también.

Al principio no te das cuenta de que son tantos. Para el viajero que está de paso en la ciudad, o incluso para una familia que sólo pase aquí quince días de sus vacaciones, los locos son sólo dos o tres personajes pintorescos que se llevarán de recuerdo como una estampa más en el álbum de sus vacaciones. Durante años, la familia que vuelve sonrosada y feliz de la playa recordará en el frío de sus inviernos a aquella pobre mujer que recorría todo el paseo marítimo dando patadas a la cabeza de un muñeco pelón como si fuera un balón de reglamento, obcecada en marcarse goles a sí misma y radiarlos para el resto de los paseantes. No dirán, al contar su anécdotas del verano, que ella era una de tantos, sino, más bien, la única que ponía una nota de color a la normalidad del resto de los viandantes.

Es posible que no se trate de la futbolista sexagenaria, sino de la reencarnación de Toro Sentado que se pasea con la cara pintada como los arapahoes y media docena de relojes colgando del cuello. Da lo mismo. Que sea uno u otro loco es algo indiferente. Lo realmente importante es la cualidad de único que tienen en los recuerdos de los viajeros.

Sin embargo, cuando uno lleva un mes viviendo aquí comienza a descubrir que los locos no son ni uno ni dos, sino que se pueden contar por decenas. Ese día, cuando uno se da cuenta de eso, lo primero que hace a continuación es preguntarse por qué. «Será el viento», piensan unos. «Es por el clima», dicen otros. Pero ninguna de las posibles respuestas llega a ser satisfactoria, y la duda va reconcomiendo por dentro al habitante observador de su entorno.

Al cabo de unos meses, ya acostumbrado a la vida en esta ciudad, uno conoce a todos los locos por su aspecto y la zona por la que se desenvuelven a diario. A veces incluso sabe su nombre. Es entonces cuando una nueva idea se va abriendo camino en nuestro interior: en realidad no hay tantos. Aún siendo una cantidad considerable, lo cierto es que son siempre los mismos. Y aunque esa idea no llega a tranquilizarnos del todo, sí reconforta un poco. Yo, por ejemplo, suelo pensar y decir que aquí no hay un porcentaje de locos mayor que el del resto de las ciudades, pero que los vemos más porque el clima hace que puedan estar siempre en la calle y por eso nos parecen muchos. Y aunque lo afirmo con convicción y de buena fe, en el fondo sé que sólo es una elucubración por mi parte y que jamás podré saber con certeza si nuestros locos son muchos o pocos. Lo que sí son, en su mayor parte, es inofensivos.

No sé si los adolescentes se dan cuenta de la cantidad de locos que puede haber a su alrededor. Me imagino que no, porque en ese caso ya se habrían acostumbrado a ellos y no celebrarían con tanto alboroto encontrárselos por la calle. A mí, sin embargo, no me producen sorpresa ni siento ganas de reírme al verlos. Algunos me inspiran simpatía y la mayoría me dan un poco de pena. En el fondo, también me dan miedo. No de lo que puedan hacer o decir, sino miedo a lo que representan: lo fácil que es perder el cabo del hilo que nos mantiene sujetos a la cordura.